domingo, 13 de marzo de 2011

Monográfico Daguerrotipo 3. El primitivísimo cine ruso

Es mayo de 1896, la coronación del Zar Nicolas II atrae a millones de personas a Moscú, la capital de los antiguos zares, donde finalmente, y no en San Petersburgo, sede del Gobierno del Imperio ruso, se desarrolla la ceremonia.

La embajada francesa intercede para que los técnicos de la Lumière, Charles Moisson y Francis Doublier (que junto a Alexandre Promio y Felix Mesguich se convertirían en los principales operadores de la casa francesa durante aquellos primeros años) puedan instalar su novedoso aparato cinematográfico (máquina polivalente que con la adicción de unos sencillos accesorios podía ser alternativamente utilizada tanto de cámara, como de copiadora o proyector) sobre una plataforma construida expresamente en plena plaza del Kremlin con el objeto de lograr captar con todo lujo de detalles la Ceremonia.


Aquellos pequeños rollos de celuloide de 60 pies de largo, siete películas de un minuto aproximadamente cada una en las que se observa el desfile de los Romanov y sus invitados ante el Palacio y entrando en la Iglesia de la Asunción, su saludo desde los balcones imperiales, la solemnidad de las diputaciones invitadas y el entusiasmo de sus súbditos, pasan por ser la primera película rusa de la historia.



Lo que apenas nadie conoce es que dos días después de la Coronación, Nicolas II decidió magnánimamente premiar a los ciudadanos que tan servil y efusivamente habían acudido a su nombramiento, obsequiándoles con un trozo de torta, un paquete de dulces, un vaso con el monograma del monarca y un embutido. La noticia corrió de boca en boca y durante las horas previas al evento fueron llegando riadas de gentes de las regiones más cercanas a Moscú, amontonándose en el llano de Jodinka a las afueras de la antigua capital, llegándose a estimar que en aquella mañana del 17 de mayo de 1896, más de medio millón de personas se encontraban ansiosos aguardando la salida del Zar con los regalos.


Entre la inquieta multitud se encontraban los dos operadores de la Lumière que, tras dirigirse curiosos a Jodinka, establecieron su tomavistas sobre el tejado de un edificio en obras situado frente al palco por donde debería de aparecer el recién coronado Zar.

Doublier narra lo ocurrido: “Llegamos alrededor de las ocho de la mañana porque se esperaba que el acto durara casi todo el día y que el Zar llegara temprano. Algunos regalos comenzaron a ser entregados por anticipado, si bien el Zar no aparecía por ninguna parte. El público comenzó a empujar, impacientado por la espera. Yo estaba abajo, entre la multitud tratando de alcanzar la posición donde habíamos situado la cámara. El público comenzó a empujar, impacientado por la espera. Oí chillidos detrás de mí y el pánico se difundió a toda la gente. Cuando por fin alcancé el tejado estábamos tan nerviosos que no podíamos sospechar la magnitud de la tragedia ni girar la manivela de la cámara. La ligera armazón apoyada sobre dos grandes cisternas se había hundido y en ellas y en las zanjas cercanas habían caído centenares de personas y luego, durante el pánico, otras miles murieron pisoteadas. Cuando recobramos la serenidad comenzamos a filmar la horrible escena.


Doublier y Moisson consiguieron rodar seis rollos de sesenta pies, escaso pero exclusivo material en el que se capta como la masa informe de seres humanos se autodestruye con la ayuda de la policía zarista que comienza a cargar contra la población, asustada por lo que podía ser una revuelta.

Cuando dos horas más tarde los dos operadores tratan de abandonar la plaza sembrada de cadáveres son detenidos por la Policía, que sin miramientos arresta a todos los periodistas y corresponsales presentes durante la tragedia. La cámara y el material rodado fue inmediatamente y por siempre confiscado.

El Zar jamás asomó la cabeza por aquel palco ya que durante toda aquella tarde y aquella noche danzó valses despreocupado como principal invitado al baile ofrecido por el Embajador francés. Al mismo tiempo más de 5.000 cuerpos se lanzaron a una fosa común. La prensa rusa jamás habló ni una sola palabra de la tragedia.

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